CRÓNICA: La memoria de un pueblo a través de su construcción
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¿Qué ocurre cuando un pueblo se posa frente a una pantalla y descubre que, mientras construía un templo, también estaba construyendo su propia historia?
Por: Kathia Soriano.
Fecha: 26 de junio 2026.

Tlalpan, Ciudad de Mexico. Eran las 10:00 en punto de la noche. El programa se había retrasado una hora, pero aún así, pese a la fuerte lluvia, los habitantes de San Juan Tepeximilpa, Tlalpan, seguían celebrando.
Como cada 24 de junio, la colonia se reunía en el templo religioso de la comunidad para bailar, cantar, comer y reír con todos los vecinos. Sin embargo, este cierre de fiesta tenía algo en particular.
Su último evento comenzó con las luces apagadas. Una pantalla enorme sobre un escenario en la oscuridad que apenas se vislumbraba, los ojos de los invitados no sabían dónde posarse, el sonido de la lluvia se combinaba con los murmullos de quienes intentaban adivinar qué estaban a punto de presenciar.
Comenzó a escucharse una melodía melancólica, las miradas de los lugareños voltearon de manera pactada hacia la pantalla. Los niños dejaron de correr, los adultos dejaron de murmurar el vendedor dejó de vender.(y) Todos dejaron de beber.
Un piano suave y tenue pronto acompañó el sentido de la vista con una imagen del santo patrono de la comunidad San Juan Bautista. La melodía bajó de volumen y una voz conocida por el pueblo emanó del video diciendo:
“Esta narración sobre cómo inició la iglesia de San Juan Bautista Tepeximilpa, tiene como finalidad que las nuevas generaciones y las familias que llegaron posteriormente a vivir en esta colonia conozcan, no solo acerca de la construcción de la iglesia, sino, además, como se esforzaron y trabajaron durante muchos años para preservar sus creencias”
Mientras la voz masculina recitaba el propósito de la proyección, el murmullo de los asistentes desapareció y fijaron la mirada en las primeras imágenes. Mientras la narración avanzaba, comenzaban a escucharse susurros “Mira, ahi todavia no habia casas”, “Yo vivía justo al lado de esa calle”.
Se proyectaban imágenes de un terreno baldío, inclinado, rocoso, cubierto con árboles y hierbas altas.
A medida que el relato avanzaba, las imágenes en el tiempo también lo hacían. En medio del terreno yerboso, una capilla azul se erguía y las personas caminaban hacia ella. Alrededor del lugar, caminos empedrados y casas a medio construir se vislumbraban. No solo una capilla nació, sino también una pequeña comunidad surgió.
La multitud señalaba la pantalla identificando el lugar, algunos buscaban su casa, otros recordaban la caminata unos reconocían a sus abuelos y otros se reconocían a sí mismos. Se escuchó como un padre le contaba a su hija “Justo después de que terminaron de aplanar el terreno, tu mamá y yo nos casamos ahí”.
Las fotos que habían dado un salto temporal muy grande, contaban por sí mismas que la remodelación más grande del lugar se había comenzado hace apenas 15 años. Los abuelos y abuelas de las primeras fotos ya no aparecían, las casas ya estaban repelladas y las calles pavimentadas. El terreno ya no estaba rodeado por hierbas y rocas, en su lugar había una extensa plancha de cemento.
Los vecinos se identificaban entre ellos, señalaban a cada segundo la pantalla y con cada nueva imagen, un recuerdo aparecía. Mientras en el escenario se contaba la construcción de un templo, en los murmullos de la gente se contaban las anécdotas de aquellos años. Se escuchaba el recuerdo de la primera vez que un grupo musical fue invitado a celebrar la festividad. La ocasión que marcó la presentación de bailes folclóricos como una tradición. Las lluvias que año con año acompañan la fiesta y ocasionaron la renta de una lona cada vez más grande.
El primer año que los ferieros fueron invitados. Las danzas de los Chinelos.
La comida que repartían los vecinos y que era compartida en el atrio del recinto, la evolución de cada fiesta gracias a la recolección de los residentes y la kermés la mañana del domingo.
Las familias se abrazaban, los padres contaban a sus hijos lo que pasaba. Una combinación de generaciones cada año podía verse, pero nunca fue tan palpable como aquella noche del miércoles. Algunos jóvenes recordaban y otros no tan jóvenes respondían.
La última imagen contenía una descripción que decía “Reseña basada en el relato del señor Vinicio Pozos, narración por Jorge Moya, edición por Roberto Sánchez y Sergio Sánchez”. La pantalla quedó en negro. El piano se dejó de escuchar y en su lugar los aplausos no se hicieron esperar. Reconocían en si mismos los años de trabajo y esfuerzo colectivo.
El video fue una puerta para recordar el nacimiento de un terreno que ya no tenía una capilla azul. Ahora tenía un atrio grande, jardineras rebosantes de verde, escaleras y rampas. Una entrada con ventanales enormes, era una rectoría grande, espaciosa, con luz, y pinturas en las paredes.
Sin embargo, lo verdaderamente importante nunca estuvo en la pantalla. Esa noche no solo se proyectó la construcción de un templo, sino también recuerdos que hasta ese momento solo permanecían en la memoria de quienes lo vivieron.
En las familias que reconocían un rostro, y en las nuevas generaciones que escuchaban, quizá por primera vez, cómo aquel terreno baldío terminó convirtiéndose en el lugar que hoy los reúne cada 24 de junio. Su sentido era recordar que los espacios que hoy forman parte de la vida cotidiana también tienen un origen, y que conocerlo es otra forma de pertenecer a ellos.



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