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Debate social: ¿Un asesino nace o se hace?

  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

-Altamira Mariana


La palabra asesino tiene un origen árabe, que quiere decir "adicto al hachís". Un asesino es una persona que comete el acto de quitarle la vida a otra persona. A veces comete este acto sin escrúpulos, con violencia y estas atrocidades les da una gratificación psicológica. Para cometer dicho acto existió premeditación y la existencia de algún tipo motivación por parte del agente causante para provocar la muerte; he aquí la diferencia entre homicidio y asesinato, ya que el asesinato implica intencionalidad.


De acuerdo a la Universidad en internet (UNIR), desde el siglo XIX, el criminólogo Cesare Lombroso planteó la teoría del “criminal nato”, según la cual algunos individuos poseían rasgos biológicos que los predisponían al delito. Aunque hoy esta idea se considera reduccionista, abrió uno de los debates más persistentes en la criminología: si el crimen es producto de la biología o del entorno social.

La disyuntiva de si un asesino nace o se hace es un debate social que busca comprender por qué una persona atenta contra la vida de otra, esto con el fin de poderlo evitar. A partir de diversos estudios desde la neurociencia se determinó que los asesinos tienen cerebros que los hacen más proclives a la ira y el enfado y a la vez menos capaces de controlarse. Investigaciones del neurocriminólogo Adrian Raine han encontrado que algunos asesinos presentan menor actividad en la corteza prefrontal, una región del cerebro asociada con el control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación del comportamiento social. Asimismo, alteraciones en la amígdala pueden afectar el procesamiento de emociones como el miedo o la empatía. Sin embargo, aunque estos hallazgos señalan la influencia de factores biológicos, no pueden explicar por completo un fenómeno tan complejo como el asesinato.

En los últimos años, la epigenética ha aportado una perspectiva intermedia a este debate. Esta disciplina estudia cómo factores ambientales como el estrés, la violencia o el abandono, pueden modificar la expresión de ciertos genes sin alterar la secuencia del ADN. Esto significa que una persona puede tener cierta predisposición biológica, pero su desarrollo y comportamiento estarán profundamente influenciados por el entorno en el que crece. Así, la biología no determina por completo la conducta, sino que interactúa constantemente con las experiencias sociales. Esta perspectiva hace que se encuentren ambas cuestiones del debate.

Aislarlo a un hecho meramente biológico quita el factor que muchos asesinos crecieron en entornos violentos, sufrieron maltrato y tienen traumas. El psicólogo Albert Bandura explicó que gran parte de la conducta humana se aprende mediante la observación y la imitación. En contextos donde la violencia es frecuente, los individuos pueden interiorizarla como una forma válida de resolver conflictos, de igual forma, es importante considerar que muchos asesinos crecieron en entornos donde predominan la violencia doméstica, negligencia, abuso y abandono emocional.

He aquí una cuestión muy relevante, para la población ¿es más cómodo pensar que son casos aislados y no síntomas sociales? Socialmente, se ha construido la narrativa de que los asesinos son monstruos, esto se puede ver en los medios como la televisión y el cine ejemplos de ello son personajes como: Michael Myers (Halloween), Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street), Hannibal Lecter, etc. Con frecuencia, la cobertura mediática presenta al asesino como: un ser excepcional e intrigante, fuera de lo humano, alguien “malvado” por naturaleza y como un sujeto incomprensible y aislado de la sociedad. Esta construcción tiene un efecto claro: si el asesino es un “monstruo”, entonces no es un producto social, sino una anomalía. Esto tranquiliza simbólicamente a la audiencia porque convierte el problema en algo extraordinario, no estructural. Además aquí entra un factor clave: la espectacularización del asesino. 

En formatos como documentales, podcasts, series, películas e incluso libros se construye una narrativa de índole detectivesca que convierte el crimen en historia consumible y genera dos fenómenos: simplificar la acción (se reduce el crimen) y la fascinación hacia el personaje. El foco recae en quien cometió el crimen, no en las víctimas. Esto provoca que el asesinato ya no sea un hecho social y una atrocidad, ahora es algo que genera raiting, consumo y algo que se puede vender. Ejemplos de esto son series muy populares como Mindhunter o Dahmer – Monster: The Jeffrey Dahmer Story.

En los últimos años, el auge de este género llamado true crime ha reforzado esta fascinación social por los asesinos. Aunque muchos de estos productos buscan explicar los hechos o generar conciencia, también existe el riesgo de que el asesino termine ocupando el centro de la narrativa. Cuando la historia se cuenta desde la mente del criminal y no desde el impacto que tuvo en las víctimas y sus familias, el crimen puede transformarse en una historia intrigante más que en una tragedia humana.

Al hacer que la figura del asesino sea algo consumible, hace que normalicemos la violencia y a quienes la cometen, lo vemos como algo incluso de entretenimiento. He aquí la responsabilidad social, si queremos documentar los casos de asesinos, no podemos enaltecer esta figura y revictimizar a las víctimas, podríamos presentarlo desde otro enfoque y detener esta fascinación por asesinos.

Tal vez el debate no debería ser si el asesino no solo nace o se hace,  debería ser si esta figura se construye discursivamente. En el momento en que su historia se convierte en espectáculo, la violencia deja de ser únicamente un acto individual y se transforma en un producto social. Igualmente, si lo analizamos con detenimiento, la sociedad sí construye esta figura, esto no minimiza el hecho de que hayan psicópatas que nacieron con alteraciones en su corteza prefrontal y amígdala, lo que puede terminar en que cometan estos actos; pero esta explicación desde la neurociencia no aplica para todos aquellos que terminaron cometiendo estos actos como reflejo del entorno en el que crecieron y los traumas que desarrollaron. Además si se retoma el concepto de la epigenética podemos comprender que no es solamente biológico ni solamente social, se conjugan.

Es importante reconocer el papel crucial de la sociedad en el entendimiento de los homicidas, ya que, además de construir discursos que lo normalizan, la violencia que se vive día a día influye significativamente. Si optaramos por implementar nuevas estrategias de socialización y medidas preventivas hacia el abuso infantil, muchos de estos criminales, no habrían existido. 

Asimismo, recalcar la importancia de cuestionarnos cómo consumimos el contenido sobre asesinos. Si los glorificamos o bien, si los espectacularizamos. Es crucial deternos a preguntarnos ¿y las víctimas? No solo enfocarnos en el morbo, más bien, darle un enfoque más humano. La sociedad no puede ver este fenómeno como un hecho aislado cuando es un reflejo de la realidad, de cómo los humanos entre nosotros nos perjudicamos y agredimos. Así que más allá de la cuestión de si un asesino se nace o se hace, es observar cómo hacemos al asesino y qué contamos sobre él. No podemos evadir nuestra resposabilidad y culpar a la biología y genética del sujeto cuando se sabe que el entorno social juega un papel crucial.

Así que este debate debería resignificarse y cambiar su enfoque para que la sociedad tome conciencia, tal vez la pregunta no debería ser únicamente si un asesino nace o se hace, sino qué condiciones sociales, culturales y mediáticas contribuyen a que surja, y por qué seguimos fascinados con su historia mientras olvidamos a quienes sufrieron sus crímenes.


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