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Crónica: Todos los lunes: el costo invisible del tiempo de trayecto al trabajo 

  • hace 2 días
  • 5 min de lectura

Cada lunes de Ciudad de México a Lerma y cada viernes de Lerma a Ciudad de México. 


Por: Kathia Soriano.

29 de junio 2026 


Foto por: Kathia Soriano
Foto por: Kathia Soriano

Tlalpan, Ciudad de México/ Lerma, Estado de México.  El despertador suena en punto de las 4:30 am. El ambiente se siente húmedo porque el domingo anterior llovió sobre Tlalpan. Hace frío y Gerardo aprieta las cobijas con fuerza al escuchar por segunda vez el tono predeterminado “Platinum”. Son las 4:40 y quedan 20 min para salir de casa. 


Se levanta con pesadez, se dirige al baño, lava su cara con fuerza y rapidez porque el tiempo avanza, lava sus dientes y regresa a su habitación donde su esposa aún duerme. Intenta observar por la ventana, pero la humedad limita su visión, toma una chamarra diferente a la que había preparado. Necesita más calor. 


Su uniforme, perfectamente planchado, consta de un pantalón de mezclilla y una camisola del mismo material con el logo de la empresa que lo espera en punto de las 8:00, para que cheque su horario de entrada. Su calzado son unas botas de casquillo negras, las agujetas van con dos nudos. Limpia sus lentes de manera rápida y toma su mochila. Son las 4:55 am y aún queda verificar que lleve todo en la mochila. 


Observa el contenido, uniformes para cuatro días más, pijama de material suave para mantener el calor por la noche, cosas de aseo personal, un bonche de llaves, la credencial del trabajo, faltan los audífonos y el cargador. 

Busca torpemente en la mesa de noche, su esposa escucha el movimiento de objetos y hace un puchero, se sienta en la cama y extiende sus brazos a su marido. “Te vas con mucho cuidado, avísame cuando llegues, come bien, nos vemos el viernes, te amo”. Acepta los brazos de su esposa, le da un beso en los labios y luego uno en la frente.


Gerardo se despidió una noche antes de sus hijos, así que toma su mochila y sale de su casa a las 5:08, aún no amanece. Camina apresuradamente sobre las calles mojadas hacia la base de combis que lo llevaran a su primera parada, el Metrobus, estación Santa Ursula.  


En los primeros 30 min de recorrido observa a sus vecinos, saluda a algunos. No hace plática con ninguno, la mayoría tiene audífonos puestos, y otros van dormidos. Copia a los que lo rodean y se coloca sus auriculares, espera pacientemente para bajarse. 


Su segundo trayecto dura 15 minutos. Va de pie y de camino a Perisur, no hay mucho que pueda ver, el exceso de gente tapa parcialmente su vista hacia la ventana. Tiene los ojos entrecerrados, igual que todos los demás en el transporte. Nadie conversa, algunos sostienen el celular con la mano, otros simplemente sostienen el tubo y los que están sentados aprovechan para dormir. 


El cielo comienza a tornarse de un azul claro, cuando baja del Metrobús y camina para tomar el COPESA con dirección hacia Luis Cabrera son otros 15 min donde va de pie, va igual de lleno, pero aquí puede permitirse observar el tráfico que comienza a hacerse en la ciudad, son las 6:05 am. 


“La primera vez que hice el recorrido, me fui preguntando”, recuerda que primero le pregunto al chofer y después a una pasajera. Otra vez baja del RTP y menciona que la ruta la aprendió preguntando.

Baja del camión y hace una ligera caminata hacia la parada del RTP que lo llevará a Santa Fe, serán 40 min, pero afortunadamente irá sentado. Aprovechará para tomar una siesta. Apenas sube, escucha cumbias de la “Sonora Dinamita”, pero eso no interfiere con el sueño de los demás pasajeros. Despierta gracias a su reloj, unos minutos antes de llegar bosteza, es ahora rock nacional lo que se escucha, reconoce la canción y se dibuja una pequeña sonrisa en su rostro. 


Apenas llega, baja rápidamente y comienza a caminar hacia el Tren Interurbano, son un par de calles, no tiene tiempo de observar porque ya es tarde, son 15 min para las 7:00 am. Amaneció en su totalidad, aunque el cielo nublado oculte los rayos del sol.    


Llega apresuradamente y espera la salida del tren con dirección a Lerma. No tarda ni cinco minutos en posarse frente a él, blanco, con una franja verde y otra roja. Junto a él, varias personas esperan, llevan mochilas grandes y abultadas. Unos miran el reloj, otros tienen fija la mirada hacia enfrente, algunos sudan a pesar del frío que se sienten.  


En ese momento, el andén no está lleno de pasajeros ocasionales, sino de personas que han aprendido a medir su tiempo en transbordos y transportes. Cada mochila tiene una historia diferente, pero un factor en común: salir antes de que amanezca para llegar al trabajo.     


El tren abre sus puertas y no es necesario correr porque hay asientos disponibles, toma asiento, mueve su talón de arriba hacia abajo, y mira la ventana. Observa el cielo y los altos árboles que aparecen en el recorrido, suspira ligeramente y durante los siguientes 30 minutos su talón no deja de moverse.  


Son las 7:32 am y aún falta un último transporte. Las personas salen apenas se abre frente a ellos la puerta, Gerardo se pone torpemente su mochila y saca su teléfono del bolsillo, pedirá un Uber hacia la zona industrial Lerma de Villada. 


Los taxistas le cobraban 150 pesos. "Fue cuando empecé a revisar cuánto costaba el Uber", recuerda. 

Un conductor toma su viaje a las 7:40, me despido de él. Recibo un mensaje 25 min después: “Llegue y cheque entrada a las 8:10 am”. 


Pasan cuatro días, se escucha que tocan el portón, es una niña de 7 años y corre apresurada para abrir, Gerardo extiende sus brazos para abrazarla. Entran a la casa, huele a café recién preparado, se siente mucho calor comparado con el frío de afuera, coloca la mochila en el piso al entrar. 


Uno a uno, los integrantes de la familia van saludando a Gerardo, un niño, dos adolescentes y una adulta lo abrazan con fuerza, preguntan, como esta. Intentan contarle todos al mismo tiempo lo que ha pasado en la semana. Por último, su esposa, que le extiende los brazos igual que el lunes, lo abraza. “¿Te sirvo agüita mi amor?”


Gerardo asiente y se dirige a lavarse las manos. Después, pesadamente toma asiento en el comedor, se frota los ojos y son las 9:45 de la noche, apenas llega el vaso de agua, la bebe de un sorbo y pide más agua. 


Colocan frente a él un plato de comida caliente, sonríe y da las gracias, su esposa se sienta con él y bebe café. Se sumergen en una conversación: “Ya sabes, el recorrido más pesado es el de los viernes, me hago más tiempo.”    


Sus hijos le dan las buenas noches, solo estaban esperando su llegada, son las 10:30 de la noche, toma su mochila y sube a su recamara se pone su pijama, saca la ropa de la semana y la coloca en un sesto. Le da un beso a su esposa y se recuesta, envuelve su cuerpo entre las cobijas y suspira tranquilamente.   


“En realidad, lo que podría costar trabajo es la soledad. Mis actividades son muchas, me impiden sentir la soledad. Siento que siempre estoy en el trabajo, que nunca termino porque aún en casa veo pendientes. Me despido de mi esposa por mensaje antes de dormir y el día termina.” 

El domingo por la noche volverá a preparar su mochila y el despertador seguirá sonando a las 4:30 de la mañana. 


Y el lunes, volverá a despedirse de su familia, mientras la ciudad apenas comienza a despertar.


La rutina de Gerardo no es la excepción, es el reflejo de miles de trabajadores que, para llevar sustento a sus hogares, han aprendido a medir el tiempo en horas de trayecto.


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