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GOL BAJO LA LLUVIA

  • hace 22 horas
  • 2 min de lectura

Por: Diana Montes de Oca Heras 

Ciudad de México a 29 de junio de 2026



Eran las 6:20 pm del miércoles 24 de junio. Sobre las calles de Reforma, rodeados de edificios y comercios ya se vivía un ambiente de fiesta, el balón aún no rodaba sobre la cancha, sin embargo, la celebración ya comenzaba.

Entre la multitud encontrábamos DJs animando el lugar, niños jugando con espumas, vendedores ambulantes con trompetas, serpentinas y botanas, todo lo que necesitaban para este gran evento, ¡apoyar a la selección mexicana! 

  

Los elementos de la policía resguardaban el lugar. Para pasar, una pequeña revisión, entre los objetos no permitidos: bebidas alcohólicas, pues, la ley seca debía cumplirse al pie de la letra.


Frente a las pantallas gigantes instaladas, los grupos de aficionados con radios y celulares crearon una atmósfera de estadio en plena vía pública, un río verde, blanco y rojo. La tensión se sentía, pero la fe en el equipo era absoluta.


A las siete de la noche arrancó el juego; pero antes, el himno nacional de cada país resonó en el lugar, con lágrimas en los ojos de algunos, emoción, un nudo en la garganta, alegría; todos coreaban la letra. El ambiente, aunque tenso, estaba lleno de sentimientos, entre ellos la esperanza. Todos unidos en ese lugar, esperando ver triunfar a México.


Durante los primeros 45 minutos, el nerviosismo se apoderó de los alrededores del monumento. Chequia cerró los espacios y neutralizó los ataques de nuestra selección, obligando a irse al descanso con un áspero 0-0. El ánimo decaía y la lluvia comenzó, la gente corría a los locales cercanos a refugiarse, otros con capas, lonas o cerca de los árboles intentaban taparse un poco mientras comenzaba el segundo tiempo.


Bajo la lluvia, tras un largo descanso, el balón volvió a la cancha. Las pantallas se iluminaban de nuevo y, aunque los ánimos no eran los mismos, por fin; ¡GOL! Luis Romo anotaba el primer gol de la noche, el grito retumbó en las avenidas aledañas como un trueno masivo. Desconocidos se abrazaron, la gente gritaba, saltaba y la emoción, además del agua, inundaban el Ángel.


El ambiente se volvió una fiesta absoluta cuando Quiñones aprovechó un rebote en el área chica para empujar el 2-0. En ese instante, las bocinas de los automóviles en Reforma formaron una sinfonía ensordecedora y la icónica glorieta quedó sepultada bajo una nube de espuma y confeti, la lluvia ya no importaba.


El momento nostálgico de la noche se vivió a la distancia cuando Guillermo Ochoa ingresó de cambio. El grito unísono de "¡Ochoa, Ochoa!" rindió homenaje al guardameta en su sexto Mundial.


Para sellar la noche mágica, Fidalgo decretó el 3-0 definitivo. Un broche de oro perfecto para asegurar los 9 puntos y avanzar invictos.


Con el silbatazo final, la Glorieta del Ángel de la Independencia estalló en la celebración más grande en lo que va de esta Copa del Mundo. El "Cielito Lindo" se cantó a todo pulmón por miles de voces que celebraron a los pies de su monumento más emblemático,  la ilusión mundialista está más viva que nunca. En un país tantas veces fragmentado, el fútbol volvió a demostrar su poder más genuino: el de recordarnos, al menos por unas horas, que jugamos y celebramos como uno solo.

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