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CRÓNICA: La noche en que la ciudad vistió de verde

  • hace 1 día
  • 5 min de lectura

Por: Fátima Villarreal García

2 de julio de 2026.


Foto por Fatima Villarreal
Foto por Fatima Villarreal

Ciudad de México. Horas antes del silbatazo inicial entre México y Ecuador el partido ya comenzaba a jugarse lejos del estadio, desde los vagones del Metro rumbo al Centro Histórico predominaban las camisetas verdes, las banderas tricolores y las trompetas de plástico que rompían el silencio del transporte público. Familias, grupos de amigos y aficionados de todas las edades compartían el mismo destino: encontrar un lugar donde vivir el encuentro de la Selección Mexicana.


Conforme avanzaba la tarde el ambiente se intensificaba, en estaciones como Chabacano y Zócalo personas seguían llegando con la camiseta de la selección, algunas con el rostro pintado y otras cargando enormes banderas tricolores. 


Los puestos instalados en los alrededores ofrecían camisetas, trompetas, espuma, banderas e impermeables, el cielo completamente gris anunciaba que la lluvia no tardaría en aparecer.


El Fan Fest instalado en el Zócalo era el destino de cientos de asistentes, pero la larga fila para ingresar pronto cambió los planes de muchos. Policías informaban por medio de megáfonos que el recinto había alcanzado su capacidad máxima e invitaban a trasladarse hacia otros puntos donde también sería posible seguir la transmisión del partido, poco a poco la multitud comenzó a caminar rumbo al Palacio de Bellas Artes.


Cuando faltaban poco más de dos horas para el inicio del encuentro la explanada ya estaba casi llena, comerciantes ofrecían elotes, camisetas, vasos conmemorativos, espuma e incluso cerveza pese a la ley seca. Frente a la pantalla instalada para la transmisión miles de personas esperaban el comienzo del partido entre el sonido constante de las trompetas y el ir y venir de quienes todavía buscaban un espacio para quedarse.


La espera parecía hacerse larga  hasta que una tormenta eléctrica cayó sobre el Centro Histórico. En cuestión de minutos las camisetas verdes desaparecieron bajo impermeables y paraguas, sin embargo, la lluvia no dispersó a la multitud, al contrario, parecía alimentar el ambiente festivo. Entre risas, la espuma comenzó a volar nuevamente mientras algunos jóvenes levantaban a otros al grito de: "¡Quiere volar, quiere volar!"


Quienes mantenían abiertas sus sombrillas pronto se convertían en el centro de atención, desde distintos puntos de la explanada se escuchaban gritos de: "¡Baja la sombrilla, sirve que te bañas!", mientras la espuma y algunas latas vacías recordaban que para muchos la lluvia era parte de la experiencia.


A las seis y media de la tarde comenzó la transmisión previa al partido, pero veinte minutos después se anunció que el encuentro se retrasaría hasta las ocho debido a la tormenta eléctrica que afectaba el estadio. Algunas personas optaron por retirarse, aunque miles decidieron permanecer esperando el inicio del juego.


Con el paso de los minutos la lluvia disminuyó y la explanada continuó llenándose, la fachada del Palacio de Bellas Artes se iluminó con los colores del arcoíris, mientras la Torre Latinoamericana destacaba entre las nubes. Poco antes de las siete y media comenzaron las imágenes desde el estadio, las banderas ondearon con más fuerza, el espacio entre los asistentes prácticamente desapareció y el humo verde, blanco y rojo cubrió parte de la explanada.


La salida de los jugadores ecuatorianos provocó una lluvia de abucheos. Segundos después apareció la Selección Mexicana y el ambiente cambió por completo, miles de personas comenzaron a gritar al mismo tiempo, las trompetas retumbaron con más fuerza, la espuma volvió a llenar el aire y sobre el Monumento a Madero, varios aficionados ondeaban enormes banderas mexicanas desde la escultura.


Después llegó el Himno Nacional, miles de voces lo entonaron al unísono bajo la lluvia como si realmente estuvieran dentro del estadio. Durante unos minutos dejó de importar la distancia que separaba a la afición del terreno de juego, bellas Artes se había convertido en una enorme tribuna.


A las ocho de la noche comenzó el partido y por primera vez en toda la tarde, la explanada guardó silencio, todas las miradas permanecían fijas en la pantalla esperando el primer gol.

La espera terminó alrededor del minuto 22.


El primer gol de México eliminó cualquier distancia entre los asistentes. Cerveza, agua, espuma y algunas bebidas salieron disparadas al aire mientras miles de personas brincaban, se abrazaban y agitaban las banderas al ritmo de las trompetas. Durante varios minutos la explanada se convirtió en una sola celebración acompañada por un grito que se repetía una y otra vez: "¡¿Y si sí?!", frase que se ha convertido en el vínculo entre la selección y millones de aficionados, expresando el creer que es posible lograr lo impensable como ser campeones del mundo o romper maldiciones deportivas.


Pocos minutos después llegó el segundo gol y la escena volvió a repetirse, la euforia regresó con la misma intensidad entre abrazos, cánticos y banderas que cubrían la plaza.


Durante el medio tiempo, cientos de personas aprovecharon para salir de la multitud en busca de comida o un lugar donde descansar unos minutos, desde el exterior era posible apreciar la magnitud de la concentración: Bellas Artes permanecía completamente ocupada mientras las calles cercanas lucían casi vacías. Algunos restaurantes reunían a quienes preferían seguir el encuentro bajo techo, inclusive varios policías observaban la transmisión desde el interior de los establecimientos.


El silbatazo final confirmó la victoria de México por 2-0 y en cuestión de minutos la ciudad volvió a ponerse en movimiento. Los asistentes comenzaron a caminar rumbo al Metro, al Ángel de la Independencia y a distintos puntos del Centro. Dentro de los vagones continuaban los cánticos, las trompetas y los gritos de celebración, mientras en las calles los automóviles hacían sonar el claxon con banderas mexicanas ondeando por las ventanas.


Poco a poco la ciudad recuperó su ritmo habitual, la lluvia había cesado, pero el eco de las trompetas seguía recorriendo el Centro. Durante unas horas, Bellas Artes dejó de ser únicamente un recinto cultural para convertirse en una enorme tribuna donde miles de personas compartieron una misma emoción. Al terminar el partido, las banderas comenzaron a desaparecer entre la multitud, los vendedores guardaban poco a poco sus puestos y los últimos cánticos se perdían rumbo al Metro y al Ángel. En el suelo quedaron restos de espuma, vasos vacíos e impermeables, las huellas de una noche que para miles de personas fue motivo de celebración. Sin embargo, mientras la ciudad volvía poco a poco a la normalidad, las autoridades capitalinas confirmaban la muerte de cuatro personas durante los festejos masivos por la victoria de México sobre Ecuador, tres por asfixia derivada de las aglomeraciones y una más por un paro cardiorrespiratorio. La celebración que unió a miles de aficionados también dejó un recordatorio de los riesgos que pueden surgir cuando la euforia rebasa la capacidad de los espacios públicos.





 
 
 

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