Mary y Max: Una mirada íntima a los vínculos que construimos
Redactado por: Daniela Lizzeth Vázquez Uribe
24 de septiembre de 2026
Alcaldía Coyoacán, Ciudad de México.

Hay películas que pueden parecer pequeñas por la forma en que cuentan sus historias, pero que terminan hablando de problemas mucho más grandes. Mary y Max es una de ellas. La cinta australiana de Adam Elliot, presenta la relación entre Mary Daisy Dinkle, una niña australiana de ocho años, y Max Jerry Horowitz , un hombre de 44 años que vive en Nueva York. Dos personas que no se conocen y que, en circunstancias normales, probablemente nunca tendrían contacto, terminan construyendo una amistad a través de cartas.
La premisa parece sencilla, pero detrás de esa correspondencia hay una mirada hacia las dificultades que muchas personas enfrentan para comunicarse, establecer vínculos y sentirse aceptadas dentro de su entorno. Por eso, el reestreno de Mary y Max en la Cineteca Nacional permite recuperar una película que, aunque tiene 17 años, continúa encontrando temas reconocibles en la vida contemporánea.
Mary crece en un ambiente familiar complicado. Es una niña con dificultades para relacionarse con otros y que desde muy pequeña comienza a experimentar el rechazo de quienes la rodean. Sus compañeros se burlan de ella y los adultos que forman parte de su vida tampoco representan necesariamente un espacio de comprensión. En lugar de encontrar herramientas para expresar lo que siente, Mary aprende poco a poco que algunas de sus características pueden convertirse en motivos de vergüenza.
La película muestra así una experiencia que puede comenzar desde edades muy tempranas: aprender a observarse a través de los ojos de los demás. Mary no solamente intenta descubrir quién es, también intenta entender qué tendría que cambiar de sí misma para ser aceptada.
Max vive una situación distinta, aunque existen puntos de contacto. Es un adulto con dificultades para interpretar determinadas situaciones sociales y con una forma muy particular de organizar su vida cotidiana. Sus rutinas, sus obsesiones y su manera de relacionarse con los demás hacen que frecuentemente sea percibido como alguien extraño.

Sin embargo, Elliot evita presentar estas características como algo que simplemente debe corregirse. Max no está construido para que el espectador lo observe desde arriba y determine qué está mal con él. La película permite conocer su manera de entender el mundo y, a partir de ahí, cuestiona algo más amplio: ¿quién decide qué comportamiento es normal?
Esta pregunta atraviesa buena parte de la historia. La sociedad establece constantemente expectativas sobre cómo debemos comportarnos. Desde pequeños aprendemos que hay determinadas formas de hablar, vestir, relacionarnos, expresar emociones o construir una familia que son consideradas aceptables. Cuando alguien se aleja demasiado de esas expectativas, puede convertirse rápidamente en objeto de burlas, incomprensión o rechazo.
Mary y Max son personajes que no encajan fácilmente en esas reglas. La diferencia entre ambos es que, a través de sus cartas, encuentran un espacio donde esas normas pierden fuerza. No necesitan fingir que son personas distintas. Pueden hablar de sus preocupaciones, sus preguntas, sus errores y sus experiencias sin enfrentarse inmediatamente a la reacción de quienes los rodean.
La correspondencia se convierte entonces en mucho más que un recurso narrativo. Las cartas representan un espacio de comunicación, en el que ambos personajes pueden construir una relación desde la honestidad. No hay una conversación inmediata que obligue a responder en segundos. Existe tiempo para pensar, escribir y esperar.
Vista desde el presente, esta característica resulta particularmente interesante. Mary y Max fue realizada antes de que las redes sociales y los teléfonos inteligentes dominaran buena parte de nuestra manera de comunicarnos. Sin embargo, su historia permite pensar en una contradicción actual: tener más herramientas para hablar con otras personas no significa necesariamente comprenderlas mejor.
Hoy podemos enviar un mensaje en cuestión de segundos, conocer constantemente lo que hacen otras personas y mantener conversaciones simultáneas con gente que está a kilómetros de distancia. Aun así, hablar no siempre significa comunicarse. La película encuentra precisamente en las cartas una forma de mostrar que la comunicación también necesita tiempo, atención y disposición para escuchar.
El aspecto visual refuerza esta lectura. El stop motion de Elliot construye un mundo deliberadamente artificial, pero emocionalmente reconocible. Mary aparece rodeada de tonos cafés, rojos y amarillos apagados, mientras que el universo de Max está dominado por grises y colores más fríos. Sus espacios no solamente funcionan como escenarios; también ayudan a construir la personalidad y la experiencia de cada personaje.
La estética imperfecta de las figuras de plastilina también resulta significativa. Los personajes tienen rasgos exagerados, cuerpos extraños y expresiones que pueden resultar incómodas. No existe una búsqueda de belleza convencional. En ese sentido, la propia técnica parece relacionarse con uno de los temas centrales de la película: aquello que no encaja perfectamente también puede tener valor.
Elliot utiliza además el humor negro para hablar de asuntos que fácilmente podrían convertirse en un drama excesivamente sentimental. La película aborda problemas familiares, alcoholismo, ansiedad, depresión, bullying y muerte, pero no lo hace desde una solemnidad permanente. Hay momentos absurdos, incómodos e incluso divertidos que permiten que el espectador se acerque a temas difíciles sin que la película tenga que convertirlos en discursos.
Ese equilibrio es importante porque Mary y Max tampoco presentan a sus protagonistas como víctimas permanentes. Ambos tienen defectos, cometen errores y pueden lastimar a otras personas. Son personajes complejos que no pueden reducirse a una etiqueta. La película permite observarlos como individuos antes que como problemas que necesitan ser solucionados.
Esta decisión también cambia la manera en que se aborda la salud mental. En lugar de convertir las dificultades emocionales de sus personajes en una explicación absoluta de quiénes son, la historia muestra cómo esas condiciones interactúan con su entorno. La familia, las experiencias de infancia, el rechazo y las relaciones personales también influyen en la manera en que cada uno enfrenta su vida.
Mary y Max no necesitan convertirse en personas completamente distintas para que su relación funcione. Lo que encuentran es un espacio en el que pueden ser escuchados. Eso tampoco significa que su amistad resuelva todos sus problemas. La película evita esa idea demasiado sencilla de que encontrar a la persona adecuada puede arreglar una vida entera.
Su vínculo funciona de otra manera: permite que ambos sepan que existe alguien dispuesto a conocerlos sin exigirles que sean diferentes antes de hacerlo. Mary y Max no ofrece una solución concreta, pero sí muestra el valor de una relación basada en la escucha y en la posibilidad de mostrarse vulnerable.
También cuestiona la idea de que todas las relaciones importantes tienen que desarrollarse de la misma manera. Mary y Max pertenecen a generaciones distintas, viven en países diferentes y tienen experiencias completamente opuestas. No obstante, encuentran intereses y preocupaciones comunes. La película demuestra que la conexión entre dos personas no depende necesariamente de compartir edad, contexto o personalidad.
Ese punto me parece importante desde una perspectiva social. La cinta no plantea que las dificultades de sus protagonistas puedan solucionarse simplemente con voluntad o con una actitud positiva. Sus circunstancias familiares, económicas y personales también influyen en la manera en que enfrentan el mundo. La película permite observar cómo las condiciones que rodean a una persona pueden afectar sus posibilidades de relacionarse y tomar decisiones.
Por eso, el reestreno en la Cineteca Nacional puede observarse como algo más que la recuperación de una película de animación. Es la oportunidad de revisar una obra que utiliza una técnica asociada frecuentemente con el público infantil para hablar de problemas profundamente adultos.
Mary y Max mantiene una pregunta que sigue siendo incómoda: ¿cuánto de nuestra personalidad construimos realmente nosotros y cuánto aprendemos a construir para cumplir con las expectativas de los demás?

El reestreno permite volver a encontrarlos desde una mirada distinta. Esta vez, la historia no solamente habla de Mary y Max. También puede funcionar como un espejo de una sociedad que, pese a contar con más formas de comunicarse que nunca, todavía enfrenta el reto de aprender a escuchar realmente a quienes tiene enfrente.



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