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La noche en que una plaza creyó

  • hace 5 horas
  • 10 min de lectura

Por: Jesús Hernández y Arath Bañales

Ciudad de México, 12 de Julio de 2026


La eliminación de México en el Mundial no solo terminó un partido. También puso fin, al menos por una noche, al entusiasmo colectivo que cientos de aficionados compartieron en un fan fest de la alcaldía Benito Juárez.


Plaza Soberanía de la República repleta de gente durante el encuentro de México vs Inglaterra. Foto: Jesús Hernandez
Plaza Soberanía de la República repleta de gente durante el encuentro de México vs Inglaterra. Foto: Jesús Hernandez

La cita era a las 18:00 horas, en la Plaza Soberanía de la República, en la alcaldía Benito Juárez. Desde mucho antes de la hora acordada, el lugar ya estaba listo para recibir a cientos de personas que, más que asistir a una transmisión, llegaban con la esperanza de acompañar a la selección mexicana en una noche que podía convertirse en histórica. No era una selección cualquiera. Era un equipo que, después de años de desencuentros con su afición, había conseguido devolverle algo que parecía perdido: la ilusión.


Una gran pantalla dominaba el centro de una estructura metálica levantada para resguardar al público de la lluvia. Frente a la misma, decenas de filas de sillas esperaban a los asistentes. A un costado, los baños portátiles y las vallas metálicas terminaban de delinear un espacio que, por unas horas, dejaría de ser una plaza para convertirse en un estadio improvisado.


Poco después de las cinco de la tarde comenzaron a llegar las primeras familias. Algunas aún cerraban sus paraguas antes de entrar; otras sacudían las gotas que habían quedado sobre las mangas de sus playeras verdes. La lluvia había alcanzado a muchos en el camino, pero nadie parecía dispuesto a dejar que eso cambiara los planes de la tarde.


Antes de cruzar el acceso, policías revisaban mochilas y bolsos. La indicación era clara: nada de alcohol ni cigarros dentro del recinto. Un hombre intentó convencer a uno de los oficiales de permitirle conservar un par de cervezas escondidas entre sus pertenencias.

—Ándele, déjeme meterlas. No es tanto, solo es para disfrutar mejor el partido.


La respuesta fue la misma que recibieron todos los que intentaron negociar. Las bebidas quedaron en la entrada y él continuó el camino con una sonrisa resignada, mientras detrás seguían formándose familias enteras, parejas de novios y grupos de amigos vestidos con los colores de la selección.


Poco a poco, el gris de la tarde comenzó a desaparecer bajo una marea de playeras verdes, banderas tricolores, matracas y trompetas. Todavía faltaba más de una hora para que rodara el balón, pero el sitio ya había empezado a transformarse en algo distinto.


La alcaldía preparó una antesala para que la previa no se sintiera como espera. Mientras las pantallas permanecían en silencio, el escenario se llenó de música. Un mariachi interpretó algunas canciones que fueron acompañadas por los asistentes, después llegaron los regalos y, finalmente, la batucada terminó por convertir el lugar en una pequeña fiesta mundialista. Los tambores marcaban el ritmo mientras algunas personas ondeaban sus banderas sobre la cabeza y otras respondían con aplausos.


Cuando el reloj se acercaba a las seis de la tarde, el ambiente parecía haber alcanzado su punto más alto. Sin embargo, unos minutos antes del silbatazo inicial, personal de la organización subió al escenario para informar que el encuentro se retrasaría una hora debido a las fuertes lluvias que caían sobre el sur de la Ciudad de México.


La noticia provocó una serie de murmullos entre los asistentes, aunque duró apenas unos segundos. Nadie había esperado toda una semana para marcharse por sesenta minutos más. Las conversaciones regresaron, la batucada sonó de nuevo y las porras reaparecieron casi de inmediato. La espera ya no importaba tanto como la posibilidad de ver a una selección que había conseguido algo poco habitual.


Poco antes de las siete de la noche, las pantallas finalmente cobraron vida. La transmisión comenzó y, casi de inmediato, aparecieron los primeros acordes del Himno Nacional. Como si se tratara de un acuerdo silencioso entre cientos de desconocidos, las sillas comenzaron a quedar vacías mientras las personas se incorporaban una tras otra.


Durante poco más de un minuto dejaron de escucharse conversaciones, risas y tambores. Solo permanecieron las voces de quienes, con la vista fija en la pantalla, entonaban el himno estrofa tras estrofa. Algunos sostenían la bandera con ambas manos; otros simplemente colocaban la mano sobre el pecho, saludando a la bandera. Por un instante dejaron de existir las diferencias entre quienes ocupaban el espacio. Ya no había familias, amigos o desconocidos. Solo había una multitud compartiendo el mismo deseo.


Entonces sonó el silbatazo inicial.


El balón comenzó a rodar y con él, también lo hizo la fe de quienes permanecían frente a las pantallas. Cada recuperación mexicana era celebrada con aplausos; cada pase que lograba romper la presión inglesa arrancaba silbidos de aprobación. Todavía no existían los abrazos ni los gritos desesperados. Eran noventa minutos nuevos y, por primera vez en mucho tiempo, la afición parecía confiar en que aquella selección podía competir de tú a tú con una de las favoritas del torneo.


Las voces se mezclaban unas con otras sin que fuera posible distinguir de dónde provenían.

—¡Vamos, México!

—¡Sí se puede!


Debajo de aquella estructura metálica no había espacio para el pesimismo; todavía ninguno de los asistentes imaginaba el golpe que estaba por llegar.


Durante los primeros minutos, México respondió con personalidad. La circulación del balón y las llegadas al área rival alimentaban la sensación de que aquella noche podía romper con la historia reciente de la selección, aquella temida maldición del quinto partido. La confianza crecía con cada avance y el ambiente dentro del venue se fortalecía al mismo ritmo.


 Al minuto 36, apareció Jude Bellingham.


El centro cayó sobre el área mexicana y el remate de cabeza terminó en el fondo de la portería. Por un instante, nadie reaccionó. El grito inglés que escapó de la narración televisiva encontró como respuesta un silencio breve, que recorrió la plaza antes de romperse con los primeros reclamos.

—¡¿Qué están haciendo?!

—¡No lo dejen solo!

—¡Todavía falta mucho!


Nadie abandonó su asiento o dejó de mirar la pantalla. Los aplausos comenzaron a sustituir los reclamos y casi de inmediato, volvieron las porras. Aún quedaba partido y la selección había demostrado argumentos suficientes para pensar que el empate era posible.


Pero el futbol rara vez concede tiempo para asimilar los golpes.


Apenas unos minutos después, el mismo Bellingham volvió a aparecer. El segundo gol cayó sobre la plaza con más fuerza que la lluvia que una hora antes, había acompañado la llegada de los asistentes. 


Y es que, el silencio también puede hacer ruido.


Durante algunos segundos, la única voz que logró imponerse fue la del narrador del partido. La explanada seguía llena, pero pareciera haberse vaciado de golpe. No había alguien que encontrara explicación a lo que estaba ocurriendo. La ilusión que había acompañado toda la tarde comenzaba a resquebrajarse antes de que terminara el primer tiempo.


Y entonces, cuando el desconcierto parecía instalarse definitivamente, Julián Quiñones apareció dentro del área y descontó para México.


La transformación fue inmediata.


Las personas volvieron a ponerse de pie. Las trompetas recuperaron su lugar, las matracas rompieron nuevamente el silencio y una lluvia de espuma cayó sobre quienes celebraban abrazados con desconocidos. La plaza recuperó el color que había perdido apenas unos minutos antes.


El descanso llegó poco después, pero esta vez ninguna persona hablaba de la desventaja en el marcador. La conversación giraba alrededor de una posibilidad que había vuelto a aparecer casi sin pedir permiso.


Tal vez todavía era posible.


El segundo tiempo comenzó con una sensación distinta. El descuento de Julián Quiñones antes del descanso había cambiado el ánimo del lugar y también la manera de mirar el partido. La desventaja seguía ahí, pero ya no parecía algo definitivo. Cada ataque mexicano encontraba una respuesta inmediata entre las filas de sillas: aplausos, trompetas y voces que intentaban empujar el balón desde cientos de kilómetros de distancia.


Entonces llegó la expulsión de Jarell Quansah.


La repetición apareció en las pantallas y, cuando el árbitro levantó la tarjeta roja, el lugar estalló de nuevo. Inglaterra tendría que jugar el resto del encuentro con un hombre menos.


Por primera vez desde el silbatazo inicial, la sensación de que México podía cambiar la historia dejó de parecer un simple deseo.


Sin embargo, el fútbol rara vez sigue el camino que la lógica parece marcar.


Apenas unos minutos después, el árbitro señaló un penal a favor de Inglaterra. La reacción fue inmediata. Los reclamos comenzaron incluso antes de que apareciera la repetición en las pantallas. 


Harry Kane tomó el balón y convirtió el penal en el tercer gol inglés.


Otra vez el silencio.


Esta vez fue distinto al de los primeros dos goles. Ya no era un silencio de sorpresa, sino de resignación. Durante unos instantes, aquellas personas parecieron recordar todas las noches en las que el fútbol mexicano se quedaba a un paso de ilusionar a su gente. 


Pero ninguno se fue.


Tal vez porque todavía quedaba demasiado partido.


Tal vez porque aquella selección había encontrado una forma distinta de competir.


O tal vez porque, después de lo vivido durante el Mundial, abandonar la esperanza parecía mucho más difícil que seguir creyendo.


México volvió a atacar.


Ya no con la tranquilidad de los primeros minutos, sino con la urgencia de quien entiende que el tiempo empieza a convertirse en el rival más peligroso.


La recompensa llegó poco después. El árbitro señaló otra vez el punto penal, pero esta vez, a favor de México.

Cientos de personas dirigieron la mirada hacia la pantalla mientras Raúl Jiménez acomodaba el balón. Nadie hablaba, agitaba alguna bandera o parecía recordar las trompetas y la batucada que habían acompañado toda la tarde. Durante unos segundos, todo mundo respiró al mismo ritmo.


El silbatazo sonó. Raúl se encarreró y disparó.


Gol.


Lo que siguió fue imposible de ordenar. Los abrazos aparecieron antes que los gritos. La espuma volvió a cubrir las primeras filas, las banderas ondeaban por encima de las cabezas y las trompetas recuperaron un sonido que parecía perdido apenas unos minutos atrás. Y por primera vez desde el inicio del segundo tiempo, la esperanza regresó.


¿Y si sí?


El gol de Raúl Jiménez no cambió el marcador tanto como cambió el ánimo de las personas.


Inglaterra seguía arriba por un gol, pero la diferencia ya no parecía definitiva. Durante varios minutos, México había demostrado que podía competir de frente y la desventaja comenzaba a sentirse mucho más corta de lo que indicaba la pantalla.


Las sillas quedaron vacías mientras decenas de personas seguían el recorrido del balón de un extremo al otro. Ya no había conversaciones ni tiempo para mirar el teléfono. Cada ataque obligaba a contener la respiración y cada recuperación mexicana despertaba un aplauso inmediato.


Inglaterra entendió que el partido había cambiado. Cada despeje era celebrado por sus jugadores como un pequeño triunfo y cada segundo que desaparecía del reloj parecía jugar a su favor. Del otro lado, México dejó de construir las jugadas con paciencia. Había dejado de buscar el gol perfecto. Ahora perseguía cualquier oportunidad que mantuviera con vida la esperanza.


Los minutos comenzaron a pesar más que las piernas.


Santiago Giménez abandonó el terreno de juego después de una dura lesión. Mientras recibía atención médica fuera de la cancha, el resto de sus compañeros seguía insistiendo una y otra vez. Ya no se trataba únicamente de alcanzar los cuartos de final. Parecía que todos compartían el mismo deseo que cientos de personas bajo aquel techo: extender unos minutos más un sueño que nadie estaba dispuesto a abandonar.


En algún momento de esos instantes finales, Raúl Jiménez dejó de jugar con la protección que durante años había acompañado una de las imágenes más representativas de su carrera. Ninguno en aquel sitio comentó el gesto. Tampoco hacía falta. Y es que hay veces en las que el cuerpo deja de importar frente a la posibilidad de cambiar una historia.


El reloj seguía avanzando.


México volvió a cargar al frente y conseguía un tiro de esquina.


Desde el otro extremo del campo, Tala Rangel abandonó su portería y comenzó a correr hacia el área inglesa. La reacción fue inmediata. Decenas de personas siguieron su recorrido con la mirada. Ya no quedaban reservas. Si el partido iba a terminar, debía hacerlo con todos buscando el mismo balón.


El centro cayó sobre el área, pero Inglaterra alcanzó a desviar. Se conseguía otro tiro de esquina.

Una oportunidad más.


El Piojo caminó hacia el banderín mientras acomodaba el balón. Tala permanecía dentro del área. Raúl buscaba un espacio entre las camisetas blancas. El árbitro observó su reloj.


Todos guardaron silencio. No con un silencio de derrota, era el silencio de quien todavía espera un milagro.

El Piojo levantó la mano.


El centro viajó hacia el corazón del área.


El arquero inglés salió decidido y alcanzó a rechazar el balón con los puños.

La pelota quedó viva.


Raúl Jiménez arrancó tras el rebote, pero apenas dio unos pasos, el silbatazo atravesó la noche antes de que pudiera volver a tocar el balón.


Nadie protestó de inmediato.


Nadie habló.


Nadie se movió.


Poco a poco, la explanada comenzó a vaciarse. Las filas de sillas recuperaron el silencio con el que habían esperado a los primeros asistentes aquella tarde.


Algunos permanecían mirando la pantalla, aunque la transmisión ya no mostraba el partido. Otros caminaban lentamente hacia la salida sin decir una palabra. Los niños, que horas antes corrían entre los pasillos mientras sonaban los tambores, ahora avanzaban tomados de la mano de sus padres. La fiesta había terminado, pero ninguno quería aceptar que también había terminado el sueño.


Apenas unos minutos antes, ese mismo lugar había celebrado, sufrido, guardado silencio y vuelto a creer al mismo tiempo. Ahí no importaron las edades, las profesiones ni las historias de quienes ocuparon aquellas sillas. Todos vivieron el partido como si les perteneciera.


México quedó eliminado aquella noche.


Pero la derrota no alcanzó para borrar lo que esa selección había construido durante el Mundial.


Después de tantos años de desconfianza, de eliminaciones prematuras y de promesas incumplidas, aquellos jugadores consiguieron algo que ningún marcador puede medir. Volvieron a hacer que una afición entera se permitiera imaginar un desenlace distinto. Jugaron con una convicción que encontró eco en cada persona reunida bajo aquel techo. Durante noventa minutos, futbolistas y aficionados dejaron de perseguir objetivos diferentes. Todos luchaban por la misma posibilidad.


Cuando las últimas personas cruzaron la salida, la estructura metálica, las pantallas y las sillas permanecieron en el mismo lugar donde habían estado toda la tarde. La plaza volvió a ser solo una plaza. Pero quienes salieron de ella, no eran los mismos.


Durante unas horas, aquel lugar reunió a cientos de personas que probablemente nunca volverán a encontrarse. Sin embargo, compartieron la misma ansiedad, los mismos silencios y la misma esperanza. El fútbol volvió a hacer algo que pocas cosas consiguen en una ciudad como está: convertir a desconocidos en una comunidad, aunque solo fuera durante noventa minutos.


Porque durante unas horas volvieron a creer.


¿Y si sí?


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