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La magia regresó a Bellas Artes

  • hace 11 horas
  • 4 min de lectura

Por: Fátima Villarreal García

Ciudad de México.


Foto: Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura
Foto: Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura

Antes de que el telón se elevara el verdadero espectáculo ya había comenzado, en los pasillos del Palacio de Bellas Artes, familias con niños, parejas y adultos mayores recorrían el recinto mientras buscaban la puerta que los conduciría a la Sala Principal. Algunos sostenían un programa de mano, otros aprovechaban para fotografiar la fachada de mármol antes de ingresar. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de los pasos y con la expectativa de quienes esperaban el regreso de La Cenicienta, el ballet de Serguéi Prokófiev interpretado por la Compañía Nacional de Danza.


La temporada presentada del 21 de junio al 2 de julio de 2026 marcó el regreso de esta producción al Palacio de Bellas Artes después de más de una década de ausencia. Con coreografía de Ben Stevenson y acompañamiento de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, la obra volvió a uno de los escenarios más importantes del país para reencontrarse con un público que agotó localidades desde los primeros días de funciones.


Cuando las luces comenzaron a disminuir, la conversación cesó casi de inmediato. El escenario permanecía oculto detrás del telón mientras los músicos afinaban sus instrumentos. Bastaron los primeros acordes para que la atención de los asistentes se concentrara   por completo en el escenario, el celular dejó de ser protagonista y el silencio ocupó cada butaca.


La historia es conocida: una joven obligada a vivir bajo el desprecio de su madrastra y sus hermanastras encuentra gracias a la ayuda de un hada madrina, la oportunidad de asistir a un baile donde cambiará su destino, sin embargo, la función no se sostuvo únicamente por el relato. La fuerza de la producción estuvo en la manera en que la danza, la música y la escenografía construyeron un lenguaje capaz de emocionar sin necesidad de una sola palabra.


Los cambios de escenario ocurrían con naturalidad, en cuestión de segundos el hogar de Cenicienta daba paso al salón de baile. La iluminación resaltaba cada movimiento de los bailarines, mientras el vestuario aportaba color y elegancia a una historia que ha permanecido vigente durante generaciones. La orquesta, instalada frente al escenario, acompañaba cada escena con precisión, recordando que el ballet también se escucha.


Entre el público era posible encontrar distintas formas de vivir la función, los niños seguían emocionados con las apariciones del hada madrina y celebraban la transformación del vestido de Cenicienta, algunos se inclinaban hacia el escenario cuando el carruaje hacía su aparición, mientras otros permanecían inmóviles, sin apartar la vista de los bailarines. Los adultos, por su parte, seguían con atención los pasos y las variaciones de los protagonistas, conscientes de la precisión técnica que exigía cada movimiento. Al finalizar algunos números, los aplausos surgían antes de que la música terminara, una respuesta espontánea que rompía el silencio sin interrumpir la magia del momento. En los instantes previos al desenlace la sala parecía contener la respiración, solo cuando el telón cayó por última vez el público respondió con una ovación prolongada que reconocía tanto a los intérpretes como el regreso de esta producción a Bellas Artes.


Cuando el reloj marcó la medianoche dentro de la historia, la tensión también alcanzó al público, la huida de Cenicienta, la zapatilla abandonada y la búsqueda del príncipe fueron recibidas con la misma atención que hace décadas, como si el desenlace aún guardara alguna sorpresa. Quizá esa sea una de las razones por las que los clásicos continúan vigentes: aunque todos conocen el final, siempre existe el deseo de volver a verlo.


El aplauso que siguió a la última escena se prolongó durante varios minutos, los bailarines regresaron al escenario para recibir el reconocimiento del público, mientras algunos asistentes se ponían de pie. Más que despedir una función, parecía celebrarse el regreso de un montaje que permaneció ausente del Palacio de Bellas Artes durante doce años.


Al salir del recinto, el bullicio del Centro Histórico recuperó su lugar, los vendedores ambulantes ofrecían recuerdos a quienes descendían por las escalinatas del Palacio de Bellas Artes, los automóviles avanzaban sobre Eje Central y el sonido del tránsito sustituía poco a poco la música que apenas unos minutos antes llenaba la Sala Principal. Algunos asistentes se detenían para tomarse una última fotografía frente al edificio, otros comentaban sus escenas favoritas mientras emprendían el camino de regreso. La rutina de la ciudad volvía a imponerse, pero el ambiente dejaba la impresión de la función que aún acompañaba a quienes acababan de salir.


Detrás de las puertas del Palacio quedaba la certeza de que los cuentos también encuentran un espacio en la vida cotidiana. Durante poco más de dos horas la danza reunió a personas de distintas edades alrededor de una historia que ha trascendido generaciones y demostró que los clásicos continúan dialogando con el público actual. Producciones como La Cenicienta no solo preservan una de las obras más representativas del repertorio del ballet, sino que también acercan las artes escénicas a nuevos espectadores, especialmente a niñas, niños y jóvenes que descubren en el escenario una primera experiencia con este lenguaje artístico. En un tiempo marcado por el consumo inmediato de contenidos, la posibilidad de compartir una función en vivo recuerda el valor de los espacios culturales como lugares de encuentro, memoria y formación. La magia entonces, no depende únicamente de un hechizo, sino del trabajo colectivo de músicos, bailarines, técnicos y creadores que hacen posible que función tras función, el patrimonio cultural siga encontrando nuevas generaciones dispuestas a mirarlo con asombro.

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