CRÓNICA: Las heridas que el mundial no pudo ocultar : crónica de un país dividido.
- 23 jun
- 6 min de lectura
Por: Daniela Lizzeth Vázquez Uribe
11 de junio, 2026

Tlalpan, Ciudad de México - A unos kilómetros de donde miles de aficionados se preparaban para cantar goles, ondear banderas y fotografiar cada instante de la inauguración del Mundial, otro México comenzaba a reunirse. Uno que no llevaba camisetas de selecciones ni el rostro pintado con colores patrióticos, sino un país que cargaba pancartas, consignas y viejas heridas que nunca han terminado de cerrar. Ese fue el México que decidimos cubrir.
Mi amigo Jesús —aunque todos le decimos Yisus— y yo llegamos temprano y caminando, nos encontramos con un contingente de estudiantes de la UNAM a los que decidimos seguir ya que se movilizarían hacia las inmediaciones del Estadio Banorte. Desde el principio era evidente que aquello sería más que una simple marcha. Había enojo, indignación y una sensación compartida de un Mundial que estaba llegando a un país que todavía tiene demasiadas cuentas pendientes consigo mismo.
La caminata comenzó sobre Avenida del Imán. Entre tambores improvisados y mantas agitadas por el viento, las consignas empezaron a llenar el aire.
—¡México campeón en desaparición!, ¡México campeón en desaparición!
Mientras que otros luchaban por una educación digna.
—¡Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués!
Las voces resonaban entre edificios, bardas y postes como un eco incómodo para una ciudad que intentaba concentrarse únicamente en la “fiesta deportiva”. Durante el recorrido observamos algunos enfrentamientos menores entre integrantes del llamado bloque negro y elementos apostados en las inmediaciones de instalaciones de la Guardia Nacional. Eran momentos breves, tensos, como si estos fueran descargas eléctricas que anticipan a la tormenta mayor.
Seguimos caminando sobre Avenida del Imán. En algún punto, otro contingente se acercó para dialogar con algunos integrantes del bloque negro. La propuesta era sumarse a una misma marcha, pero bajo una condición: no realizar acciones directas ni enfrentamientos con la policía.
La discusión se prolongó varios minutos. Algunos aceptaron. Otros dejaron claro que no estaban dispuestos a marchar bajo esas condiciones.
Aquella conversación fue una muestra de las distintas formas de entender la protesta. Mientras unos apostaban por la movilización pacífica, otros consideraban que la confrontación era inevitable.
En ese momento nos encontramos con varios amigos que habían estado pendientes de nuestra cobertura. Su intención era esperarnos para regresar juntos, pero los acontecimientos comenzaron a acelerarse y terminamos avanzando nuevamente con el contingente estudiantil.
Llegamos alrededor de las once de la mañana y lo primero que encontramos no fue tensión ni enfrentamientos, sino una protesta, que, al menos hasta ese momento parecía una celebración alternativa al Mundial.
Sobre el asfalto, varios manifestantes habían improvisado pequeñas "retas" de fútbol. Entre pancartas, consignas y banderas, grupos de jóvenes corrían detrás del balón mientras otros observaban y aplaudían las jugadas. La escena resultaba curiosa; se protestaba contra distintas problemáticas sociales mientras, al mismo tiempo, se jugaba al deporte que tenía la atención directa del mundo hacia México.
Mis compañeros, Yisus y yo caminábamos entre la gente con tranquilidad. Por momentos, olvidábamos que estábamos cubriendo una manifestación. Nos detuvimos a observar los partidos improvisados, escuchábamos conversaciones y tomábamos algunas fotografías. Había un ambiente de resistencia, pero también de convivencia.
Aquella mañana la protesta parecía hablar otro idioma. No era el de las piedras ni el de los escudos. Era el de la organización, las consignas y el fútbol compartido en medio de la calle.
Con el paso de los años probablemente recordaré mucho esa imagen: jóvenes jugando sobre el pavimento mientras alrededor se discutían problemas que afectan al país. Había algo profundamente humano en ello.
Lo que no sabíamos era que esa tranquilidad sería pasajera.

La marcha continuó, sin planearlo, terminamos incorporándonos nuevamente al contingente estudiantil que avanzaba rumbo a la Puerta 8 del Estadio Banorte. No sabíamos que caminábamos hacia el momento más intenso del día.
Mientras nos acercábamos al estadio, la tensión podía sentirse en cada paso. Algunos manifestantes comenzaron a arrancar las flores de cempasúchil que habían sido colocadas como parte de la imagen urbana del evento. El contraste era brutal; flores destinadas a adornar la celebración mundialista terminaban esparcidas sobre el asfalto de una protesta.
Y entonces llegamos.
Del otro lado estaban ellos. Miles de policías, filas interminables de cascos, escudos y uniformes que parecían formar un muro humano alrededor del estadio.
Por un instante todo quedó suspendido…
Después estalló.
Las primeras piedras surcaron el aire, los petardos comenzaron a reventar, barreras metálicas fueron derribadas, botes de señalización vial salieron volando por encima de las cabezas.
El ruido era ensordecedor. La escena parecía romperse en fragmentos imposibles de ordenar.En medio del caos perdimos de vista a nuestros amigos.
La multitud se convirtió en una corriente descontrolada que avanzaba y retrocedía al mismo tiempo.
Yisus y yo intentábamos movernos entre la multitud sin dejar de grabar. En situaciones así, el trabajo periodístico se convierte en una mezcla extraña entre observar y sobrevivir. Hay que documentar, pero también hay que cuidar dónde cae una piedra, hacia dónde avanza la policía o de qué dirección viene una detonación.

En medio del caos apareció la caballería. Los caballos avanzaron para dispersar a los manifestantes y la multitud comenzó a retroceder. Yo iba unos pasos detrás de Yisus cuando uno de los animales lo empujó contra una pared. Alcancé a ver el impacto y corrí hacia él de inmediato.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Me dijo que sí, pero noté que algo no andaba bien. El golpe lo había lastimado y aunque intentó restarle importancia, yo estaba angustiada. Durante unos segundos dejé de pensar como periodista y pensé únicamente en mi amigo. En medio de los enfrentamientos, una lesión podía significar quedarse atrapado sin posibilidad de moverse rápido. Aun así decidió continuar.
La confrontación escaló rápidamente. Los policías superaban en número a los manifestantes y contaban con su equipo completo antimotines . Los gases comenzaron a aparecer con frecuencia. Cada vez que una nube se expandía por la calle, la gente corría, se dispersaba y volvía a reorganizarse unos metros más atrás.
Lo que más me impresionó fue la diferencia entre lo que ocurría allí y lo que sucedía a escasos metros dentro del ambiente mundialista. Mientras unos celebraban la inauguración del torneo, otros corrían para evitar los golpes, parecía que una misma ciudad estaba viviendo dos realidades completamente distintas.
Conforme retrocedíamos, un pequeño grupo del bloque negro comenzó a improvisar barricadas utilizando piezas de vehículos abandonados y distintos objetos encontrados en la calle. Las apilaron para crear una barrera entre ellos y la policía. Poco después les prendieron fuego.
Las llamas comenzaron a elevarse mientras el humo cubría la avenida. No era una imagen cinematográfica, ni heroica, era una escena de tensión donde cada grupo intentaba resistir el avance del otro. A partir de ese momento la violencia aumentó, piedras, palos, detonaciones, todo al mismo tiempo.
Fue entonces cuando observamos una de las escenas más duras de la jornada. Un manifestante intentó ayudar a uno de sus compañeros que estaba siendo sometido. No alcanzó a hacerlo. En cuestión de segundos fue jalado y golpeado por varios elementos policiales, poco después apareció una nube de humo que cubrió parcialmente la escena. Desde donde estábamos parecía que el humo funcionaba como un telón improvisado, una cortina gris detrás de la cual era imposible saber exactamente qué ocurría.
Muy cerca de ahí, policías mujeres sometían a una joven encapuchada. Intentaban retirarle la cubierta del rostro mientras ella se resistía. Los movimientos se volvieron cada vez más violentos, los gritos quedaron ahogados entre los petardos y el ruido de la multitud.
No hizo falta decir nada entre Yisus y yo. Sentíamos la misma mezcla de impotencia, rabia y tristeza, era imposible no pensar en la contradicción que teníamos enfrente.
A pocos metros había personas celebrando el inicio de una Copa del Mundo. Cantando, saltando, tomándose fotografías para recordar una jornada histórica. Mientras que en estas calles, había personas corriendo entre gases, golpes y enfrentamientos.
Dos realidades coexistiendo en el mismo espacio, dos Méxicos separados apenas por unas cuantas calles. La fiesta y la herida, la celebración y el conflicto, la euforia y el miedo.
En esos momentos entendí que el periodismo muchas veces consiste en permanecer donde la mayoría quiere salir corriendo. No porque uno sea valiente, sino porque alguien tiene que registrar lo que ocurre cuando nadie más está mirando.
Finalmente, cuando la intensidad de los enfrentamientos comenzó a disminuir, logramos reencontrarnos con nuestros amigos. Después de varias horas de tensión, decidimos resguardarnos en una casa cercana mientras esperábamos que la situación se calmara.
El cansancio se sentía en las piernas, en los hombros y en la cabeza. Algunos golpes menores, el tiempo caminando bajo el sol y las carreras constantes durante los enfrentamientos habían dejado huella. Nada grave, pero sí suficiente para recordarnos físicamente todo lo que habíamos vivido durante aquellas horas.
Mientras la ciudad seguía celebrando la inauguración del Mundial, nosotros regresábamos a casa cargando algo distinto: preguntas, recuerdos y la certeza de haber presenciado una historia que también formó parte de ese día.
Ahí donde la ciudad dejó de cantar por un momento y mostró, sin maquillaje, una parte de sí misma que sigue exigiendo ser escuchada.

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