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Crónica: El latido de un país: cuando la afición jugó su propio partido

  • 3 jul
  • 4 min de lectura

por Andrés Mendoza

26 de junio de 2026


Foto por: Andres Mendoza
Foto por: Andres Mendoza

Ciudad de México. El pasado miércoles 24 de junio, la Selección Mexicana disputó su tercer partido de la Copa Mundial de Fútbol frente a República Checa en el Estadio Ciudad de México. Sin embargo, la historia comenzó a escribirse mucho antes del silbatazo inicial. Tras las victorias frente a Sudáfrica y República de Corea, la ilusión había vuelto a instalarse entre la afición. Hacía tiempo que los números parecían sonreírle al Tricolor y, para muchos, este encuentro representaba la posibilidad de seguir soñando con el campeonato mundial.


Varias horas antes del inicio del partido, el sol caía con fuerza sobre los alrededores del estadio, iluminando las calles que poco a poco comenzaban a llenarse de miles de aficionados. El calor no parecía importar. Alrededor de las cinco de la tarde, el ambiente ya anunciaba que aquella no sería una jornada cualquiera. Cientos de personas caminaban rumbo al Coloso de Santa Úrsula portando con orgullo la playera de la Selección Mexicana, algunas llevaban la bandera sobre los hombros y otras la sostenían en alto como si fuera un estandarte. Muchos se protegían del sol con gorras, lentes oscuros o las propias banderas, mientras avanzaban con la emoción reflejada en el rostro. Por momentos, la multitud parecía formar una primera línea de defensa antes de que el balón comenzará a rodar, convencida de que el apoyo también se juega desde las calles. 


A cada paso aparecían vendedores ofreciendo banderas, llaveros, bufandas y trompetas. Los mariachis recibían a los asistentes con canciones, mientras familias, parejas y grupos de amigos recorrían las inmediaciones del estadio con la expectativa de vivir una noche que podría quedar grabada en su memoria. La multitud se detenía para cantar, tomarse fotografías y compartir la espera.


La convivencia no tardó en romper cualquier barrera. Aficionados mexicanos y checos intercambiaban saludos, fotografías y conversaciones. Entre ellos se encontraba Peter, un visitante procedente de República Checa, quien aseguró sentirse sorprendido por el recibimiento de los mexicanos. "La comida aquí es increíble y me gustan mucho las bebidas... sobre todo eso que llaman michelada", comentó.


Durante unas horas, el fútbol dejó de ser únicamente un deporte para convertirse en un lenguaje común. Sin importar el idioma, la nacionalidad o el resultado que estaba por escribirse dentro del estadio, miles de personas compartían una misma emoción.


Conforme se acercaba la hora del partido, las inmediaciones del estadio comenzaron a vaciarse poco a poco. Algunos aficionados ingresaron al estadio para ocupar sus lugares en las gradas, mientras otros buscaron restaurantes, pantallas o puntos de reunión desde donde seguir el encuentro. La espera había terminado y la fiesta que durante horas se vivió en las calles estaba lista para trasladarse al terreno de juego.


El juego comenzó casi de inmediato, el sonido de las voces que durante horas había llenado las calles fue reemplazado por una calma poco habitual. Los vendedores disminuyeron el paso, las conversaciones se hicieron breves y quienes permanecían en los alrededores del estadio buscaban cualquier forma de mantenerse al tanto de lo que ocurría dentro del inmueble. La espera había terminado, ahora solo quedaba confiar en la Selección Mexicana.


Con cada gol, la afición se emocionaba como si el corazón de un país latiera, pero con el tercer tanto, la tensión terminó por estallar, quienes permanecían en las inmediaciones comenzaron a gritar. Quienes permanecían en las inmediaciones comenzaron a gritar, abrazarse y celebrar convencidos de que aquella noche podía marcar un nuevo comienzo para la Selección Mexicana. 


Noventa minutos después, el silbatazo final desató la euforia. México había derrotado 3-0 a República Checa, asegurando el primer lugar con nueve puntos y alimentando la ilusión de miles de aficionados que sueñan con ver al Tricolor llegar lejos en la Copa Mundial.


En cuestión de minutos, las inmediaciones del estadio volvieron a llenarse. Los cánticos regresaron con más fuerza, las banderas volvieron a ondear y los abrazos entre desconocidos se hicieron tan comunes como los gritos de “¡México, México!”. Lo que unas horas antes había sido una espera cargada de nervios se transformó en una celebración colectiva. Las calles recuperaron el sonido y por un momento, el resultado pareció pertenecer no solo a los jugadores que estuvieron sobre la cancha, sino también a las miles de personas que acompañaron la selección desde el exterior del estadio.


Entre la celebración, un grupo de aficionados formó un gran círculo. Con música a todo volumen comenzaron a bailar, mientras los gritos se convertían en una sola pregunta repetida:“¿Y sí sí?” entre risas y saltos. La frase, que durante este Mundial se convirtió en el lema no oficial de una afición que volvió a ilusionarse con la Selección Mexicana, resumía un sentimiento compartido, la posibilidad de creer que esta vez, el Tricolor podría escribir una historia distinta. 


Poco a poco, la celebración comenzó a apagarse. Los cánticos se hicieron cada vez más lejanos, las banderas dejaron de ondear y las calles empezaron a vaciarse mientras cientos de aficionados emprendieron el camino de regreso a casa. La ciudad recuperaba poco a poco su ritmo habitual, pero el eco de aquella celebración todavía permanecía en el ambiente. Quizá por eso resulta inevitable pensar que, en un país atravesado por desigualdades, el fútbol funciona para muchos como una pausa y un punto de encuentro. No borra los problemas, pero durante unos instantes permite que personas desconocidas celebren juntas, se abracen sin preguntarse de dónde vienen y encuentren en una playera, una bandera o una porra una forma de pertenencia. Antes de perderse entre la multitud, una voz rompió el silencio con un último grito: "¡Esto es México... esto es lo que somos!". Quizá esa fue la verdadera victoria que se vivió fuera del estadio, comprobar que, al menos por una noche, el fútbol logró hacer latir el corazón de todo un país.


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