Carencias, migración y familia: la historia de un migrante llamado Pedro
- 16 jul
- 9 min de lectura
Por: Arath Bañales y Jesús Hernández
04 de julio de 2026.

Ciudad de México. Pedro López Ochoa nació en Atlixco, Puebla. Las dificultades económicas que vivía su familia lo llevaron a emigrar primero a la Ciudad de México y, años después, a cruzar la frontera hacia los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Su historia forma parte de la experiencia de millones de mexicanos que han encontrado en la migración una alternativa para salir adelante. De acuerdo con estimaciones del Migration Policy Institute (MPI) y el Pew Research Center, más de 5.1 millones de mexicanos residen actualmente en Estados Unidos sin autorización migratoria.
Hijo de Joaquín López Tejeda y Fermina Ochoa Méndez, Pedro creció en una familia de ocho hermanos, donde las dificultades económicas marcaron buena parte de su infancia. Su padre trabajaba en el campo y su madre, además de dedicarse al hogar, vendía tortillas y comida para complementar el ingreso familiar.
¿Cómo recuerda su niñez?
-Fue agradable en ciertas cosas y triste en otras.
¿Considera que durante su infancia hubo carencias?
- Sí, demasiadas.
¿Cuál es su grado máximo de estudios?
- Con mis padres sólo pude estudiar la primaria. Porque hasta ahí podían ayudarme mis padres. No teníamos dinero para seguir estudiando. Ya de adulto fue que terminé la secundaria.
En su juventud, Pedro formaría parte del 34% de niños que abandonaron sus estudios en los años setenta, según archivos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Por lo que su siguiente paso fue apoyar a la economía familiar.
¿Recuerda cuál fue su primer trabajo?
- Sí. Mi primer trabajo fue ayudando a un tío que era apicultor. Empecé a ir con él cuando tenía ocho o nueve años. Después, cuando cumplí alrededor de once años, entré a trabajar en un rancho donde se sembraba gladiola, el mismo donde trabajaba mi papá.

La historia de Pedro refleja un fenómeno que durante décadas ha caracterizado la movilidad interna en México: miles de personas abandonan comunidades rurales para instalarse en ciudades donde existen mayores oportunidades laborales. La construcción fue uno de los sectores que absorbió buena parte de esa migración y, para Pedro, también significó aprender un oficio que terminaría acompañándolo el resto de su vida.
¿Toda su vida trabajó en Puebla?
- No. Migré a la Ciudad de México cuando tenía dieciséis años.
¿Cómo fue ese proceso para salir de su estado?
- Terminé la primaria y, en ese tiempo, se decía que con los estudios de primaria era suficiente para conseguir trabajo en una tienda, una zapatería o un negocio de ropa. Pero ese tipo de trabajo no me llamaba la atención. Entonces decidí irme con unos muchachos que venían a Río Frío, en el Estado de México, y me fui como ayudante de albañilería.
¿Cuáles fueron sus mayores temores al salir de Puebla?
- La verdad no tuve miedo de salir de mi casa. Al contrario, me fui porque veía las carencias que seguían existiendo en mi familia y porque todavía tenía hermanos pequeños.
¿En qué año llegó a la Ciudad de México?
Llegué cuando tenía dieciséis años, en 1976. Llegué a la casa de unos familiares a quienes les gustaba organizar reuniones los fines de semana. Les gustaba bailar, convivir y divertirse, y yo me adapté muy rápido a esa forma de vivir. Así estuve hasta que me casé, en 1978, porque me sentía solo y sentía que no iba a ningún lado.
¿Fue difícil encontrar trabajo cuando llegó a la ciudad?
- No. Para mí no fue difícil porque ya tenía familiares en la Ciudad de México. Ellos me consiguieron trabajo antes de que llegara. Cuando vine, prácticamente ya tenía un lugar donde empezar a trabajar; sólo era cuestión de cuidar ese empleo y conservarlo
La tranquilidad que Pedro había encontrado en la Ciudad de México no significó el fin de las dificultades económicas. La albañilería le permitió construir una vida, pero también le mostró los límites de las oportunidades que podía encontrar en México. A finales de la década de 1980, como miles de trabajadores mexicanos, comenzó a mirar hacia el norte.
¿Cuándo fue la primera vez que emigró a Estados Unidos?
- Fue como en 1991. Entré por Nogales, Sonora, y llegué a New Jersey. Estuve muy poco tiempo esa primera vez porque mi familia y yo nunca nos habíamos separado. Mi hija, la mayor, y mi esposa lloraban cada vez que no estaba con ellas. Eso me desanimó mucho y decidí regresarme.
¿Cuáles fueron las razones que lo llevaron a migrar a Estados Unidos?
- Las mismas que me han acompañado toda la vida: querer salir adelante y las carencias que tenía.
¿Considera que su familia ha sido una parte importante para buscar salir adelante?
- Sí, cien por ciento. Mi familia es mi motor para seguir adelante.
¿Usted cree que la falta de empleo pudo ser una razón para salir de México?
- Posiblemente sí. En ese tiempo no tenía un oficio seguro como el que tengo ahora. Durante muchos años he trabajado como maestro de obra y contratista, y eso me ayudó mucho como persona. Gracias a Dios hoy puedo venir a este país sin poner en riesgo mi vida, porque cuando uno cruza el desierto la pone en riesgo. Hay muchos peligros, desde los retenes que encuentra uno todavía en territorio mexicano.
A lo largo de sus procesos de migración, cuando cruzó de manera ilegal, ¿considera que fue fácil o difícil atravesar la frontera?
- Para mí, de cierta manera, fue fácil porque gracias a Dios nunca me pasó nada y siempre logré cruzar sin problemas. Pero eso no quiere decir que no sea peligroso. Mucha gente se pierde en el desierto; hay bandas que asaltan a los migrantes, hay personas que son asesinadas o violadas. Quien cruza por el desierto, por el río o por cualquier otro lugar se enfrenta a muchos riesgos.
¿Cuál fue el momento de mayor peligro que vivió al cruzar la frontera?
- Más que miedo, uno va con la adrenalina muy alta y con todos los sentidos alerta. Una vez, cuando cruzaba el desierto, por poco piso una víbora de cascabel. Lo único que hice fue detenerme antes de dar el paso, echarme hacia atrás y rodear el montón de víboras que estaba enrollado. Esa fue una de las experiencias más duras que viví.
Recuerdo que, cuando estaba en Altar, Sonora, me compré un cuchillo pensando que, si una serpiente me mordía a mí o a alguno de los que iban conmigo, trataría de ayudarlo con eso. Siempre he procurado mantener la sangre fría en ese tipo de situaciones.
¿Cómo vivió su estancia en Estados Unidos?
- Bien. Yo no puedo decir que viví mal. Como siempre me ha gustado trabajar y tengo el don de hacer amistades, me fue bien, gracias a Dios.
Desde su punto de vista, ¿cómo es el trato hacia los extranjeros en Estados Unidos?
- Como en todos los lugares, el principal problema es el idioma. Uno no sabe ni cómo pedir agua o comida. Hay personas que llegan y dependen completamente de la ayuda de los demás porque no encuentran la manera de hacerse entender. Ese es uno de los grandes retos para quienes llegamos hablando sólo español. Ahora que he venido con visa he visto que en muchas tiendas ya hay personal bilingüe; uno pregunta si alguien habla español y enseguida lo atienden.
¿Cuáles son las principales diferencias para conseguir trabajo en Estados Unidos y en México?
- La principal barrera vuelve a ser el idioma. Además, cuando uno es ilegal no puede conseguir cualquier trabajo. Hay fábricas y lugares que sí contratan personas sin documentos, pero les pagan menos que a quienes tienen papeles.
¿Las dificultades para encontrar trabajo son las mismas en Estados Unidos que en México?
- No. Aquí existe una red entre quienes hablan español. No es algo formal, pero existe. Entre los mismos hispanos se recomiendan dónde están solicitando personal y se ayudan para encontrar trabajo. También hay otras formas de conseguir empleo, pero prefiero no hablar de ellas.

Con el paso del tiempo las circunstancias cambiaron. Sus hijos crecieron, algunos familiares se establecieron en Estados Unidos y, décadas después de aquellos cruces clandestinos, apareció una oportunidad que jamás imaginó.
Tiempo después realizó el proceso para ingresar de manera legal a los Estados Unidos. ¿Cómo fue ese trámite?
- Una de mis fortunas es que tengo una familia con mucha iniciativa. Una de mis hijas, que le sabe un poco a la computadora, fue quien metió mis papeles e hizo la cita para el pasaporte. Una vez que lo obtuve, hicimos la cita para solicitar la visa en la embajada.
Por la pandemia tuve que esperar dos años para que me dieran la entrevista. Gracias a Dios, cuando fui, me preguntaron si ya había estado en Estados Unidos y les dije que sí, que había entrado de manera ilegal. También me preguntaron cuánto tiempo había permanecido allá y les respondí que ya había pasado tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba bien. Me buscaron en el sistema y resultó que la última vez había estado nueve meses.
¿En algún momento le preocupó que no le otorgaran la visa?
- No, realmente no era una preocupación. Yo pensaba que, si me daban la visa, qué bueno; y si no me la daban, también. La verdad es que no tengo una necesidad tan grande de estar en Estados Unidos.
Lo bonito de este viaje fue que pude volver a ver a familiares que tenía muchísimos años sin visitar: los hermanos de mi esposa, mis propios hermanos y otros familiares. Actualmente estamos aquí sin trabajar, disfrutando del tiempo con ellos. Nos invitan a comer a sus casas, convivimos mucho y hay una gran unión familiar a nuestro alrededor.
¿Cómo fue reencontrarse con su familia en Estados Unidos?
- Fue muy agradable, sobre todo con la familia de mi esposa. Siempre he sido una persona a la que le gusta hacer amistades y llevarse bien con la gente. Tengo más de cuarenta años de conocer a mis cuñados y cuñadas; hemos pasado juntos momentos buenos y malos, y nos estimamos mucho.
¿Cuál ha sido la mejor parte de sus visitas a Estados Unidos?
- No podría decir que una haya sido mejor que otra. Para mí todas han sido muy importantes y muy bonitas.
¿Considera que existe una diferencia en el nivel de vida entre México y Estados Unidos?
- Sí, una diferencia muy grande. El poder adquisitivo aquí es mucho mayor que en México. Aquí una persona puede ir a comer una hamburguesa sin pensar que por eso se va a quedar sin comer carne el resto del día.
También se nota en otras cosas. Por ejemplo, unos tenis que en México uno lava y sigue usando durante mucho tiempo, aquí les dan dos o tres usos y luego los regalan o los guardan para donarlos. Cuando llega alguien que cruzó de manera ilegal y viene sin ropa o sin zapatos, la misma comunidad se organiza. Entre todos reúnen ropa, dinero y lo necesario para que esa persona pueda empezar mientras consigue trabajo y se adapta.
De todas las veces que ha viajado a Estados Unidos, ¿qué es lo que más extraña de México?
- Mi familia. Es lo que más he extrañado siempre. No sólo cuando he venido a Estados Unidos; incluso cuando he trabajado en otros lugares dentro de la República Mexicana, siempre extraño mucho a mi familia.
¿Qué mensaje les daría a las personas que buscan cruzar la frontera de manera ilegal?
- Les diría que lo piensen muy bien antes de hacerlo. Hoy hay muchos migrantes y el trabajo también está muy escaso. Hace veintisiete o treinta años había mucho más trabajo; ahora ya no.
Se sabe de personas a las que les reducen las horas laborales. Antes yo podía trabajar sesenta o setenta horas a la semana; hoy hay gente que apenas trabaja cuarenta o menos porque simplemente ya no hay tanto empleo.
Para terminar, si tuviera frente a usted a aquel joven que cruzó por primera vez la frontera buscando una vida mejor, ¿qué consejo le daría?
- Le diría que cuidara todo lo que ganara. Cuando uno es joven hace y deshace porque cree que la juventud va a durar para siempre. Hay un dicho que dice: "El mar se me hace chiquito para echarme un buche de su agua", y así piensa uno cuando es joven.
Pero eso no es cierto. Las fuerzas se acaban, el trabajo también, y por eso le aconsejaría que valorara más lo que iba consiguiendo con tanto esfuerzo.
Muchas gracias por su tiempo, señor Pedro. Le agradezco mucho su amabilidad.
-De nada.
Al terminar la conversación, resulta inevitable pensar que la historia de Pedro no es excepcional porque haya cruzado una frontera en varias ocasiones. Lo extraordinario es la sencillez con la que cuenta una vida marcada por el sacrificio. Nunca se presenta como un héroe ni como una víctima. Habla como un hombre que hizo lo que creyó necesario para sacar adelante a su familia.
Quizá por eso, después de tantos años de trabajo, de despedidas, de caminos recorridos y de fronteras cruzadas, la imagen que mejor resume su historia no es la del migrante caminando por el desierto, sino la del padre que siempre encontró un motivo para regresar a casa.
Y es ahí donde la historia de Pedro deja de ser únicamente suya. Se convierte en el reflejo de miles de mexicanos cuya vida ha estado marcada por la migración, el trabajo y la esperanza. Personas que, lejos de los titulares y de las estadísticas, siguen demostrando que, en ocasiones, la mayor distancia que se recorre no es la que separa dos países, sino la que existe entre el lugar donde uno nace y el futuro que desea construir para su familia.


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